POR MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS

Aquella noche de octubre nos encontrábamos una palomilla de jóvenes amantes de la música, afinando nuestras voces y las guitarras en el jardín azcona o jardín a la madre, o como se llame, que está situado frente al templo del sagrado corazón de Jesús.

El afinador de voces no era otra cosa que una botella de a litro de tequila que en esa ocasión estaba ya, a casi más de la mitad, si acaso a tres dedos de ser consumida en su totalidad. El elixir de la vida, había hecho su magia de manera magistral, nuestras voces habían cambiado de escucharse como de gato estreñido a aterciopeladas, como quien dice, estábamos casi al cien, y aparte coloraditos y chapeteados por el calor que genera el tequila ingerido a lo puritano.

Mi amigo, Eduardo Ríos, mejor conocido como El Pingo había tenido la feliz ocurrencia de contratarnos para llevarle serenata a una bella joven que él conoció en un baile y que irremediablemente lo había flechado. Y nosotros, pagaríamos los platos rotos de ese enamoramiento tan súbito y repentino, llevándole serenata a la chica a solicitud del propio Eduardo.

¿Serenata?-Me preguntaba-¿nosotros dar una serenata? -Y reía a carcajadas-. Y es que era cierto, es raro ver a unos rockeros bajo un balcón cantando popotitos yea, yea, yea, .Pero bueno el suicida no era yo, sino El Pingo. Aunque que en nuestro repertorio teníamos montadas algunas canciones de los grupos románticos por excelencia, Como son Los Freddys, Los solitarios etc. Aun así, quizás esos temas no eran tan apropiados para dar una serenata. ¿O si?

Pero El Pingo no bromeaba era un tipo muy terco y pagaba muy bien lo que fuera con tal de lograr su objetivo. Eduardo, después de todo era un apasionado conocedor de la música que nos seguía a todas partes en donde tuviéramos una actuación como grupo de rock, así que no era cosa fortuita el que nos hubiéramos conjuntado para una serenata, porque sabíamos que era un amante de la música de corazón. Y se había gastado parte de su dinero que ganó en el norte, en viajar en su propia Ben haciendo gastos por su cuenta para irnos a escuchar instalado como un hippie en la afueras del pueblo a donde tocara nuestro grupo: Los Fugitivos.

Recuerdo su regordeta imagen desde nuestro cacharro convertible recibiéndonos con su sonrisa habitual. Eduardo, era medio chaparrón de ojos verdes, más o menos bien parecido, con su inseparable cigarro en la boca y con un mechón blanco en el copete como el de tongolele que le daba un sello muy característico y personal que lo identificaba, cuando alguien se refería a él. Tenía mucho tiempo de amistar con nosotros. Esa amistad inició una noche en un baile en el que tocamos, desde esa ocasión se quedó prendado del estilo musical del grupo y especialmente de la voz de Ismael Montes. Desde ese entonces, Eduardo se había convertido en nuestra sombra nos ayudaba a cargar los instrumentos y siempre después de que concluíamos nuestras actuaciones nos invitaba a celebrar. Terminábamos la noche en alguna menudería y salíamos de ahí al pardear el alba, y luego después, cada quien partía para sus respectivos hogares.

En fin, aquella noche de serenata después de afinar nuestras voces partimos impetuosos para brindar nuestra mejor actuación. Ismael nos había propuesto en el ensayo agregar contados temas románticos de tríos a nuestro repertorio como: Despierta, Tres regalos,Por fin y Cerca del mar esas canciones eran mucho mas apropiadas para la ocasión, y ya interpretadas con la voz de Ismael Montes, el requinto del Guanas, la segunda voz de El chino (Lorenzo Gómez) y este servidor como tercera voz y guitarra de acompañamiento, estábamos completos. Además, habíamos invitado como un integrante extra en esa ocasión, a la voz ladina de Juan el Americano un trovador amigo nuestro, que se había sumado al grupo de manera espontánea, para cantar algunas canciones de los Dandys él, prometía alcanzar el mismísimo registro del tono contralto de José Ruiz 3ª voz de los Dandys, (ya fallecido), así pues, partimos a golpe de calcetín, armados hasta los dientes y con otro afinador mas de repuesto en la mano, (por si las dudas) a la casa de la susodicha e ingenua palomita para entonar nuestro mejor repertorio musical romántico. Aunque la noche era de luna llena, había zonas de la ciudad que estaban como cueva de lobo y en donde tocaríamos era una de ellas. Así que con muchos trabajos dimos con el domicilio caminando juntos como trenecito y alumbrándonos con un cerillo. En el ensayo previo que tuvimos, ya habíamos acordado que cuando sucediera algo así, El Guanas (requinto) marcaria tres veces, ya fuera con el pie o dando pequeños toques en la guitarra y de esa manera iniciaríamos con la canción.

Nos ubicamos cerca de la ventana y estuvimos esperando los tres toques que el El guanas daría para iniciar, pero estos nunca llegaron. Después de largo rato de silencio, yo estiraba la mano a mi diestra derecha para tratar de tocar al guanas entre la oscuridad y saber que es lo que pasaba, pero por mas que me estiraba, no lo encontraba por ningún lado. Intrigado, le susurre en secreto al pingo que estaba ubicado detrás de mi: Enciende un cerillo para ver que pasa con el guanas. Eduardo de inmediato hizo lo que le pedí y entonces vimos todos azorados que Miguel Guanas estaba hundido hasta el cogote en una fosa séptica que se encontraba casi pegada a la ventana y que estaba tapada tan solo con una tablita delgada y vieja, que al no soportar el peso del Guanas se venció, y este cayó hasta el fondo. Y debido a que los líquidos fétidos amenazaban con metérsele a la boca y la nariz, decidió mejor cerrar el pico y guardar silencio absoluto.

Lo rescatamos con muchos trabajos, soportando los olores vomitantes que expedía de sus ropas, quedando todos embarrados de heces fétidas hasta el tuétano incluyendo las guitarras, y en la mas absoluta oscuridad. Suspendimos la serenata y dimos marcha atrás uno tras de otro, embarrados de popó y desilusionados; con el Guanas a distancia de nosotros estilando materia fecal despidiendo fuertes olores nauseabundos a su paso por toda la calle.

Después de este incidente, al pingo, no lo volví a ver jamás. Tal vez, había estado todo ese tiempo esperando pacientemente el momento para llevarle serenata a esa chica. Y cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, las circunstancias, hicieron que las cosas no salieran como él las había planeado. Eso lo molestó mucho. Había gastado una fortuna y para nada, ¡Ni hablar! También yo lo lamenté, porque igual que él, había perdido la oportunidad de escuchar esas hermosas canciones inmortales de los tríos románticos de México interpretadas con la voz inigualable de Ismael Montes. ¡Eso hubiera sido genial!