Por: Óscar Verdín Camacho.- Unos días antes del 11 de febrero del año 2000, Raúl Delgadillo Topete pesó 217 kilos.

Pocos pensarían que meses y años después, el mismo Raúl, con 150 kilos menos, sufriría anorexia y estaba acabando con su vida.

Irónicamente, cuando estuve gordo no me deprimía. He sido fuerte, malhablado y eso me ayudó. Nunca me puse a llorar por la gordura y nunca me quise pegar un balazo. Pero las depresiones llegaron cuando enflaqué. Tenía un miedo terrible a volver a engordar. Me hice adicto a la báscula, me pesaba todos los días.

Traía una funda con pastillas de azúcar de dieta para endulzar el café; si sentía que comía de más, me provocaba el vómito. Fui anoréxico. Fueron meses y años terribles, de ansiedad, de miedo. Me sentía inadaptado. No me podía tomar una cerveza.

En aquellos años de depresión, Raúl se desprendió de casi todo lo relacionado con la gordura:

Yo nada más tenía tres pantalones: uno azul marino, uno café y un cremita que mandaba hacer y los combinaba con unas 12 camisetas de distinto color. No tenía camisas de botón. Si se rompía un pantalón, mandaba hacer otro del mismo color. No tenía chamarra. Si hacía frío, yo decía que no tenía; cuando enflaqué, tiré todo eso. No sé dónde quedaron. Ahora pienso que pude haber guardado algo.

Regresa a su crisis de flacura:

El doctor Óscar Montaño me puso una regañada y exigió que comiera. Y es que me fui de paso, ahorita peso 80 kilos, pero antes pesaba mucho menos; puedo decir que bien, bien, tengo unos tres años. Ya como de todo. Tengo una familia adorable, mi esposa Alma y mis hijas María Fernanda y Nattalya Salvattora, que son todo para mi.

AQUEL FAMOSO LETRERO

Actualmente de 37 años, perito criminalista de la Procuraduría General de Justicia (PGJ), Raúl Delgadillo empezó a engordar en la adolescencia.

Recuerda que su mamá María Guadalupe Topete se desgastó mucho, sobre todo económicamente, llevándolo con médicos para que lo ayudaran a perder peso.

Cuando me hice adulto creo que mi mamá se rindió y yo me quedé solo con la gordura. En la casa, en el refrigerador había un letrero que decía: ‘no dejes para mañana lo que Raúl se puede comer hoy’; comía mucho y con gusto, por ejemplo una pizza y una Coca-Cola grande para mi solo. La comida era mi pasión, mi alegría.

Sin embargo, mi hermana Martha, enfermera del ISSSTE, retomó el lugar de mi mamá y empezó a insistir para que me operara, que me engraparan el estómago. Martha me llegó a enfadar y cuando tocaba el tema yo le decía que si, nada más para quitármela de encima.

Norma, otra de sus hermanas, doctora de profesión, vaticinaba: ‘te vas a infartar a los 33 años’. En la familia casi todos estaban resignados a que yo seguiría gordo. Además, yo no quería cambiar a pesar de que me hice cliente del ISSSTE, por la alta presión. Seguido estaba ahí.

Sin embargo, la insistencia de Martha condujo a Raúl Delgadillo frente al gastroenterólogo Óscar Montaño. Y ya no pudo dar marcha atrás. La operación, explica, consistía en hacerle más pequeño el estómago, engrapándolo. Así resulta imposible que coma mucho porque pronto se llena.

GORDO SOLITARIO

Ex agente de tránsito y también abogado, señala algunas de las vivencias que padecen los gordos excesivos como lo fue él:

La vida de un gordo es solitaria. Tengo y tuve muchos amigos, pero si nos juntábamos a platicar en la tarde, cuando llegaba la noche ellos se iban con sus novias y yo me quedaba solo.

Tenía muchas amigas, pero cuando intenté enamorar a alguna, cuando ellas sentían que yo iba para allá, inventaban cualquier cosa para alejarse de mi.

Raúl se ríe: no sabes cuántas abuelitas y tíos lejanos de mis amigas se murieron el día que yo las invitaba a salir. O se enfermaban o salían de viaje o sus perros se murieron dos o tres veces. Buscaban cualquier pretexto. Es más, les aterraba que los demás supieran que este gordo las había pretendido.

Delgadillo Topete dice que aguantó burlas crueles, de todo tipo, e incluso él se burlaba de si mismo, aunque eso era –lo entendió después- para así entrar a un círculo de amigos y no ser excluido.

Su apellido, de hecho, fue objeto de esas burlas.

En el apellido llevaba la penitencia. Una vez tuve un compañero nuevo, en el trabajo, que me hablaba de Raúl y cuando escuchó que otros me decían Delgadillo, me dijo que a él no le gustaban esas bromas. Cuando supo que así me apellido, se sorprendió.

Ya flaco, platica que estando en un bar con un amigo, se toparon con un muchacho muy gordo.

Mi amigo me pidió: ‘¡búrlate, ríete de él!, porque de ti se burlaron y supiste enfrentarlo y superarlo’; yo no pude hacerlo, nunca me burlaría de un gordo ni de nadie.

Por el contrario, apunta, ahora se da cuenta que pudo haber hecho mucho por él, antes de operarse, y que la mayoría de la gente padece gordura por desatención personal.

Se puede hacer ejercicio, se puede evitar comer en exceso, se pueden hacer muchas cosas por uno mismo. He animado a gente con gordura excesiva para que se operen, una abogada que conozco así lo hizo y ahora está feliz. Otros, que tienen sobrepeso, les digo que no se desatiendan porque al rato ya no se puede bajar.

El cambio de vida de Raúl Delgadillo ha requerido de ayuda profesional. Un psicólogo le explicó que su desadaptación social, cuando enflacó, era porque anteriormente sólo vivía para comer y para su trabajo en la Procuraduría General de Justicia, pero después se le abrió un mundo que desconocía.

Hay gente que me ha dicho que prefieren al Raúl gordo que al Raúl flaco, porque ahora soy muy serio y el otro era bromista.

APUNTE DEL CHATO

Ya operado y con el miedo a engordar, Raúl Delgadillo encontró un doble placer en ejercitarse todos los días. Corría. Nadaba. Iba al gimnasio. Hace tres años corrió un medio maratón con un tiempo de dos horas y 38 minutos, en esta ciudad.

Curiosamente, dice, lo que médicos y psicólogos no pudieron para que volviera a comer con normalidad, sí lo logró, sin proponérselo, Javier El Chato González, un ex futbolista profesional que trabaja en la Procuraduría General de Justicia.

Un día me preguntó qué tipo de ejercicio hacía. Le platiqué todo. Me recomendó que comiera espagueti y barras de chocolate para que tuviera mayor rendimiento. Pues ahí tienes que desde entonces empecé a comer muchas pastas. De todo. Ahí se me terminó el miedo a engordar. El Chato González no sabe lo importante que ha sido su recomendación.

Mucha gente ha pedido a Raúl Delgadillo Topete que escriba un libro, sobre todo para que la gente con gordura excesiva se motive. No sabe si lo hará, pero a través de estas líneas envía un mensaje:

Todos podemos hacer cosas para ayudarnos. La muchacha que no es muy bonita, puede arreglarse para verse mejor. Y los gordos, como lo fui yo, deben atenderse. Mi hermana me decía que a los 33 me daría un infarto. Me operé a tiempo. Ya llevo cuatro años de más.

Raúl Delgadillo se ha tomado una taza de café. Usó azúcar normal. Ya no trae la funda con pastillas de azúcar de dieta. No padece diabetes y la alta presión quedó atrás.

Todos los días trata de correr una media hora.