Por: Miguel Ángel Casillas Barajas
Mi padre Alberto Casillas Larios alguna vez llegó a ocupar la jefatura de transito del estado en el gobierno de José Limón Guzmán y se levantaba a las 6 de la mañana, para pasar revista y distribuir el personal en los diferentes cruceros y delegaciones. En algunas ocasiones, nos pegábamos mi hermano Beto (el mayor) y yo con mi papá para que nos llevara en la patrulla de tránsito que el traía, era una Mercury color tinto con capacete blanco con su sirena al centro, era chido viajar en esa patrulla y mas, cuando le soltaban rienda a la sirena, ésta se escuchaba imponente por las desoladas calles de Tepic. El chongo, un viejo agente de transito que la manejaba, también tenía la función de cuidarnos en tanto mi papá pasaba la revista al personal de transito.
Una mañana de esas en que estábamos en la patrulla esperando a mi papá, jugando luchas entre los asientos, mí hermano y yo, de repente me detuve al escuchar tambores. Y en un descuido del chongo, me baje de la patrulla y me dirigí hacia la escuela cercana de donde provenía el sonido de los tambores, que por cierto, estaba muy cerca de ahí, y llegué, precisamente cuando se celebraba el homenaje a nuestra enseña patria, era una escuela privada que estaba ubicada en el mero centro de la ciudad y de la que nunca supe el nombre, solo recuerdo que los jóvenes parecían capitanes de barco, portando con elegancia un traje color azul marino y pantalón crema y su clásica gorra color azul. Las bellas, con su vestido a cuadros gris claro, con chaleco azul y un imponente moño rojo en el cuello.
Cuando menos pensé me encontraba dentro del patio de esa escuela todo greñudo, sin zapatos y con los tirantes que sostenían mi pantalón sueltos y muy cerca de la escolta que portaba a nuestra enseña patria con belleza y gallardía. Me llamó mucho la atención, La chica abanderada, que era muy bella y se distinguía por su pelo dorado con unos enormes bucles que adornaban su bello rostro angelical, aparte de que era la que ordenaba con voz de mando firme a sus demás compañeras para que se condujeran con cierta marcialidad al dar el recorrido por el patio de la escuela, yo estaba embebido observando todo el acto. Cuando la escolta llego al final y estaba en posición de firmes, escuché su potente voz de ordenanza: ¡saludar, ya! Y de manera inesperada volteó hacia conmigo, haciendo un bello gesto con su sonrisa angelical y con una voz muy dulce y tenue me invito a mi también de manera muy atenta: dije saludar voltee de soslayo hacia los costados y noté que todos me observaban sin perder detalle y sonreían al verme todo greñudo y desarrapado en medio del patio, no tuve mas remedio que hacer el saludo a la bandera con mi mano izquierda alzada en mí pecho, en ese instante me ganó la emoción y empecé a llorar, no pude soportar mas ese collage de emociones tan intensas, era mucho peso, para un niño imberbe de 8 años que por andar de metiche o de bobo, había llegado a interferir en ese acto tan imponente y sublime.
Al terminar el homenaje todos los alumnos partieron de manera ordenada a sus respectivos salones de clase, mientras que yo me quedaba en medio del patio lloriqueando y estático sin poder moverme y con mi mano firme todavía sobre mi pecho. Fue hasta después de que la bella abanderada depositó el lábaro patrio en su nicho y regresó nuevamente conmigo cuando de manera atenta bajó mi mano y secó mis lagrimas y luego me acompañó hasta el cancel de la entrada donde ya me buscaba el chongo desesperado.
Algunos días después, me preparé con tiempo, me puse mis mejores zapatos negros bien boleados y me vestí con un short cuadrado y con un suéter azul y le pedí a mi madre Margot que me peinara y me pusiera mucho limón en mi pelo para ir nuevamente a visitar esa escuela privada, con la intención de darle las gracias a esa hermosa niña que había tenido esas atenciones conmigo. Para eso, anticipadamente había adquirido con don José el de la tienda de la esquina de mi barrio una gran paleta de dulce con un moño que pretendía obsequiarle como cumplido. Llegué en la patrulla, mi papá se fue a lo suyo y yo me escabullí nuevamente y me puse en la entrada del colegio, miré una a una a todas esas bellezas que iban entrando sonrientes y no vi por ningún lado a la chica abanderada. Me senté en la banqueta a esperar un rato más, saboreándome con la tentadora paleta. Pasaron algunos minutos y cerraron el cancel del colegio, decepcionado me dije: –ni hablar, no vino-destapé la paleta (ya se me hacia agua la boca) y le di dos sabrosas lengüetadas una por el frente y otra por detrás. En el preciso momento en que llegaba un lujoso automóvil negro y se bajaba apuradamente esa bella niña del auto y al entrar, se detuvo ante mí presencia exclamando: ¡Huyy que elegante vienes ahora, mírate!! Yo estaba petrificado de ver esos enormes bucles tan cerquitas, era como tener dos lingotes de oro de 18 quilates frente a mis ojos, no pude hablar, solo acate a estirar mi mano con la paleta y se la ofrecí, así lamida. La tomó con una mano y le dio dos lengüetadas y luego me la regresó diciendo: me voy ya es tarde y desapareció en el inmenso patio escolar, yo me quedé observándola trepado en la punta del cancel de la entrada, oliendo de cerca mi paleta que todavía conservaba el intenso aroma a su fino perfume. Acto seguido, me senté nuevamente en la banqueta observando fijamente esa paleta y ya no pude mas, no resistí la tentación y a los pocos minutos la había consumido toda, hasta dejar solo el palito. ¿Fue un acto de amor? Quien sabe, Pero en ese preciso instante el chongo me hizo volver a la cruel realidad, llegó apurado y furibundo profiriendo algunas palabrotas altisonantes, me tomó del pelo y retorciéndomelo me llevó así jalándome casi a arrastrones hasta la patrulla, en ese momento supe porque le apodaban: el chongo al condenado, en ese jalón despiadado y brusco, se había quedado con un puñado de mis pelos en la mano que fácilmente alcanzaban para hacerse un ídem.
Pero bueno, yo había logrado ya mi objetivo, lo demás poco o nada me importaba. Aunque después, el mismo chongo, le mitoteo todo a mi papá, y eso terminó de tajo con mis sueños, y mis visitas a ese colegio privado.