POR: MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS
Hace días que estuve en la ciudad de Guadalajara de paseo, aproveché la ocasión para visitar uno de esos talleres literarios que cada semana se organizan en el hospicio cabañas, llevando bajo mí brazo un puñado de mis relatos para que algún conocedor de la literatura, me diera su opinión al respecto. Al terminar el evento, sin pensarlo dos veces me lancé al ruedo como espontaneo, para abordar a los panelistas con la finalidad de que me brindaran su valiosa opinión sobre mis historias.
Jamás lo hubiera hecho, ¿presentarme así de improviso sin una cita? era como llegar a interrumpir la paz de un sacrosanto lugar, pateando traseros de aquí para allá como en las películas de vaqueros del viejo oeste, tan solo para buscar a alguien de la literatura jalisciense, que tuviera la calma y la paciencia necesaria para ponerse a mis órdenes y leer mis ridículas historias que esa mañana soleada llevaba conmigo en la mano. Esperanzado todavía, a que esa misma persona a su vez, me diera su valiosa opinión al mostrárselos. ¡Era inconcebible!, como esta vez, mis dos inseparables estupideces que adopté desde niño, me habían llevado de la mano hasta un lugar casi considerado como el templo sagrado de la literatura, tan solo para pedirle una opinión a los panelistas participantes sobre mi trabajo, ¿A esos grandes e ilustres escritores jaliscienses de la nueva hornada y precursores del movimiento literario Latinoamericano?. ¡Hágame usted el favor!
Bueno, no hubo marcha atrás, estaba convencido de que en verdad en ese lugar estaban los más destacados críticos de la literatura contemporánea, y era el momento propicio para medir mis posibilidades como escritor de historias. ¡Total!, que se podía perder, además de hacer un viaje a Guadalajara, asistir a ese taller literario ¿para venirme con las manos vacías?, no, eso no. No era muy alentador que digamos. Aunque yo sabía, que mostrar mis escritos era todo un acto suicida muy similar al de llegar a un circo y subirse a un trapecio o pedirle al domador que me permitiese meter mi cabezota en el hocico de los más feroces y hambrientos leones, tan solo para probar mi valentía. ¡Que ocurrencia!
Estaba pues en esa disyuntiva de si seguía adelante, o de plano mejor les arrebataba mis escritos a esos literatos de la mano como un vulgar ladronzuelo de bolsos, y ponía pies en polvorosa lejos de aquel templo de la cultura. Temblaba como pajarillo recién bañado, castañeando mis dientes, mientras miraba los duros e inexpresivos rostros de aquellos intelectuales en su mayoría cubanos. Que en ratos, suspendían por instantes la lectura de mis escritos, para voltear a verme por encima de la hoja y revisarme de arriba abajo, como custodios de penal. En tanto seguían leyendo las historias de mi vida, y comentando en voz baja entre ellos, algunos aspectos de mis escritos, mientras yo seguía esperando impaciente su opinión. Por mi mente pasaban muchas cosas, y Ya lo que quería era salir rápidamente de ahí corriendo para refugiarme en algún lugar lejano y oscuro como un ermitaño y no asomar la cabeza jamás , y de pasadita tirar en el primer contenedor de basura que estuviera a mi alcance cada una de mis verguenzas literarias plagadas de errores ortográficos como popó de mosca para terminar de tajo, con mi mediocre e incipiente carrera como escritor de historias urbanas.
Para colmo de mis males, el tonto de mí, las había repartido a diestra y siniestra como si fueran trozos de pizza al 2x1, que incluso hasta el propio conserje del lugar, tenía una en sus manos y se reía a carcajadas de mis estupideces. ¡Vaya por lo menos había alguien en este lugar que estaba a mi altura!-pensaba para mis adentros -
Por fin, después de un rato de larga espera, dirigieron su pasos firmes hacía mi, para brindarme amablemente su opinión sobre mis noveles escritos. Yo en ese momento estaba pálido y con mi remendado corazón latiendo aceleradamente a ritmo de rumba jarocha.
El primero de ellos, era un cubano y muy serio llegó y opinó lo siguiente: BuenoLas historias tienen el ímpetu del escritor novel que le falta leer libros, por eso escribe casi a oscuras.
Otro mas, sentenciaba: Para mi gustocontienen una cadena de erratas casi imperdonables.
Uno mas, me exhortó, a leer: El Principito y me animaba a que lo desmenuzara literariamente paso a paso, para que luego por correo electrónico, le comentara que es lo que había yo encontrado en esa lectura.
Y por último el que parecía ser el líder de todos ellos, de plano me aplastó y me remolió como a una vulgar cucaracha con su opinión: Estos escritos contienen los siete pecados capitales de la literatura, pero juntos.
No hubo más comentarios, todo estaba dicho, de una manera parca y sincera como deben ser los intelectuales, se despidieron de mí, respetuosamente y me desearon suerte y luego siguieron su camino.
Por mi parte, me quede ahí mismo sentado pensando, después de haber escuchado sus savias opiniones. Lejos de salir apachurrado de ahí, mas bien, me sentí como reconfortado. Primero, agradeciendo infinitamente a ese grupo de intelectuales su amabilidad para ocupar su tiempo en atenderme y leer algunas de mis historias; esto ya es un verdadero triunfo. Y segundo porque me pidieron una copia de cada una de ellas para leerlas detenidamente, y luego con mas calma, hacerme las observaciones pertinentes y analizar mi personalidad como escritor; prometiéndome, que en un corto tiempo, podrían quizás darme un diagnostico mas a acertado. (Tal vez psicoanalítico) Pero este ya sería por la red de internet. Y eso, ya me abre a mi la posibilidad de estar en contacto con ellos vía correo electrónico, y quizás, dentro de algún tiempo me empiecen a digerir e invitar a sus exquisitos talleres literarios, que al fin de cuentas, eso era precisamente lo que yo buscaba afanosamente, sin que ellos lo supieran, para ver si algo se me pega.
Por lo pronto, ni hablar, todo quedó en veremos, salí reprobado en mi primera incursión, pero seguiré insistiendo en ese intercambio de experiencias.