De acuerdo a información del Consejo Nacional de Población, el 12 de agosto de 1999, fue declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Día Internacional de la Juventud, cumpliendo con la recomendación de la Conferencia Mundial de Ministros de Asuntos de la Juventud, realizada un año antes.
En México, la Secretaría de Gobernación emitió el decreto por el que se declara el 12 de agosto como el Día Nacional de la Juventud, en 2010, con el propósito de que la sociedad haga conciencia de los intereses y aspiraciones de ese sector de la población.
Uno de los grupos que reclama atención especial por parte de las políticas públicas, y en particular por la política de población, es el de los adolescentes y jóvenes —de 15 a 19 y de 20 a 24 años de edad, respectivamente—. Esta etapa es crucial, pues en ella se toman decisiones que suelen tener profundas repercusiones en etapas posteriores de la vida de las personas.
Durante este periodo suceden transiciones muy relevantes, como el abandono de la escuela o culminación de los estudios, el inicio de la vida reproductiva.
El hecho de a temprana edad ocurra el ingreso al mercado laboral y la asunción de responsabilidades económicas, coloca a los jóvenes en una situación de vulnerabilidad difícil de revertir, porque la etapa de la vida que la sociedad reserva para la formación y el desarrollo del capital humano se ve severamente acotada.
Las consecuencias se agravan por la creciente segmentación de los mercados laborales, que castiga la baja calificación y menor experiencia en la fuerza de trabajo.
Los comportamientos demográficos de los jóvenes determinan, en buena medida, la ampliación o el acortamiento del periodo juvenil; el inicio de la vida en pareja y de la crianza de los hijos implica la asunción de responsabilidades propias del mundo de los adultos. Por ello, la postergación del matrimonio y del inicio de la paternidad y de la maternidad, permiten alargar la etapa de preparación y maduración que representa la juventud, lo que brinda a las personas algunas ventajas en las etapas posteriores de sus vidas.
Por ello, resulta necesario movilizar mayores recursos para que la etapa de la adolescencia y la juventud esté dedicada, principalmente, a la adquisición de conocimientos y a la formación de capital humano, en un contexto de mayor equidad e igualdad social.
Favorecer la permanencia de los jóvenes en la escuela, por medio de incentivos y becas escolares, traería beneficios, no sólo en el desarrollo humano y social, sino también haría posible reducir la presión sobre el mercado de trabajo, que será particularmente intensa hasta mediados de la segunda década del siglo XXI, ya que a partir de entonces el crecimiento demográfico de este grupo de la población será negativo y su tamaño comenzará a descender en números absolutos.