Por Sergio Mejía Cano
Se ha dicho, se dice y se seguirá diciendo que nada es para siempre, aunque alguna vez alguien pensó que el desarrollo de la infancia persistiría más allá de los tiempos; sin embargo, tampoco este desarrollo ha quedado estable, ya que por diversas causas y motivos las etapas infantiles también han ido cambiando constantemente debido a los avances científicos y tecnológicos.
Se dice que, a principios del siglo XX a los infantes de aquel entonces los ponían a separar frijol y maíz, poniéndole sus adultos un bote con estos granos junto a dos botes vacíos para echar en uno los frijoles y en otro el maíz; corrían por el campo y subían a los árboles y, si había un arroyo, un río o un estanque se metían a nadar y hasta en charcos que se formaban en tiempos de lluvia, pero después de haber dejado de llover por aquello de un posible rayo. Y ya por la noche, algunas familias acostumbraban a sentarse alrededor de los abuelos o los mismos padres de familia y, bajo la luz de velas, candiles o quinqués, poner atención en cuentos y leyendas que trasmitían aquellos adultos no nada más para entretener, sino para educar en cierto modo.
Algunos de estos niños de ambos sexos, de la zona rural, muchos no asistieron a la escuela salvo uno que otro cuyos padres tenían más posibilidades económicas o de tiempo; sin embargo, la mayoría de los infantes desde temprana edad acudían a ayudar a sus mayores en las siembras y cosechas y, algunos de los que sí acudían a la escuela, por lo regular la mayoría llegaba a cursar hasta el tercer o cuarto año de primaria; pero no obstante, su desarrollo mental, emocional y de conocimientos básicos de valores y de entendimiento de la vida lo recibían de sus padres y abuelos o en determinado caso de otros adultos.
Se entiende que en aquellos tiempos de inicio del siglo XX en las zonas urbanas la infancia se desarrolló en forma muy diferente a como en la rural, pues había más facilidad para ingresar a la escuela, aunque tal vez no para todos los niños; sin embargo, los juegos infantiles eran más colectivos. El problema se daba para ya no poder asistir a la escuela por tener que integrarse muchos niños a la productividad laboral para contribuir a los gastos de su casa ya fuera ayudando a sus papás en talleres, carpinterías, talabarterías; ayudando a cargar carbón o leña, así como vaciar petróleo que se vendía a granel para las estufas de aquel entonces o también entrar como aprendices a fábricas o comercios de su barrio o más allá.
Pero ya por la noche, la mayoría de niñas y niños salían a la calle para jugar a las escondidas, a la trais (traes), al bote pateado, a declarar la guerra, las famosas culebras que consistían en tomarse de las manos cierta cantidad de niños, correr y de pronto dar un coletazo en donde el que estaba al último de la fila era al que peor le iba; también se jugaba a lo que hace la mano hace la tras, al chinche leguas y, ya más calmados jugar al matarile rile ron que tenía estrofas cantadas, también a la víbora, víbora de la Mar. Y, ya en casa, algunas familias acostumbraban a jugar la oca, a serpientes y escaleras, a la lotería, al tablero (damas), damas chinas, matatena, palillos chinos, etcétera.
Hubo temporadas en que se jugaba al trompo, al balero, al yoyo y a las canicas (pichas, en Nayarit) y, ya más hacia mediados de los años 50, el juego de Shanghái que consistía en dos trozos de palo, uno mayor que el otro golpeando uno de ellos para ver a qué distancia se aventaba más lejos para contar puntos contando con el mismo palo la distancia hasta de donde había sido lanzado el palo.
Sin embargo, la mayoría o todos estos juegos ya trascendieron, pues muchos de los niños de hoy en día no saben de lo que se les está hablando; claro que hay padres de familia muy comunicativos con sus retoños que les platican de estos juegos y en algunos casos hasta los ejemplifican.
Ahora, en la mayoría, si no es que, en todas las colonias de las periferias de ciudades grandes y pequeñas en nuestro país, las calles más parecen como de pueblos abandonados o fantasmas, pues lucen solas sin que se vean correr o jugar a niñas y niños con el cuidado de sus mamás sentadas en las puertas de sus casas tejiendo, bordando o comiendo gente con otras vecinas.
Nada de eso se mira hoy debido precisamente a la tecnología, pues la mayoría de los niños están más entretenidos con teléfonos celulares y tabletas electrónicas o frente a una pantalla con juegos digitales a veces, sin libros o cuadernos a la vista.
Sea pues. Vale.