Por Sergio Mejía Cano

Se ha dicho, se dice y, posiblemente se seguirá diciendo que, ante los embates de la Naturaleza no hay fuerza humana que pueda detenerlos. Y, esto, podría decirse de la fuerza del agua que, en la pasada tormenta del pasado domingo 12 del presente mes de julio prácticamente no discriminó a la mayor parte de la capital nayarita.

Sarcásticamente se oyó decir a alguien que ahora la lluvia cumplió con la frase del clásico nayarita: que llueva parejo; y vaya que llovió casi parejo en casi toda la ciudad de Tepic, Nayarit a la que anegó drásticamente en varias zonas ya que muchas casas se vieron inundadas por lo que infinidad de familias perdieron varias de sus pertenencias como muebles y aparatos electrodomésticos y de línea blanca.

Obviamente que no faltaron las críticas a las autoridades correspondientes por estas inundaciones; sin embargo, es justo decir que el que varias zonas de la ciudad casi siempre se han inundado e incluso ahora otras zonas que nunca habían sufrido esta clase de acontecimientos, por lo que las críticas en cierta forma podrían tener algún argumento viable al preguntarse por qué ahora esas zonas también se anegan.

Una de las explicaciones podría ser por el crecimiento de la mancha urbana de la que, se ha dicho que fue un crecimiento anárquico, así como el relleno de cauces de arroyos, la construcción sobre humedales, ojos de agua como en las inmediaciones de Acayapan y, desde luego, hay quienes le achacan algunas de estas inundaciones al desvío del cauce del río Mololoa cuando se canalizó más al nororiente de su cauce original.

Cada vez que llueve en Tepic, ya sea moderada o fuertemente se mira de inmediato cómo la corriente del agua baja de poniente a oriente por la mayoría de las calles que corren en este sentido como de la calle Zaragoza a la avenida Insurgentes, precisamente para que la descarga de esas corrientes en el río Mololoa; no así las calles cercanas a este río que corren de sur a norte y viceversa que tienen su declive hacia el río tal y como se puede ver por la calle Veracruz, San Luis, Padre Mejía (antes Ures) y, la misma, Prisciliano Sánchez.

Todavía hasta finales de la década de los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado, el río Mololoa pasaba por enfrente, hacia el oriente de la estación del ferrocarril, por lo que el agua de la corriente en tiempos de lluvia bajaba en gran cantidad por la calle, Jesús García, pasando y pasa esa corriente por debajo de cuatro vías al costado sur del edificio de la estación del ferrocarril y ahí, precisamente en donde cierra la calle Jesús García, existe una alcantarilla que, anteriormente tenía unos tubos de escaso diámetro, por lo que se originaba que, cuando era mucho el caudal de la corriente de agua, toda esa zona de la estación se inundara y, aunque a finales de los años 90 esos tubos se cambiaron por otros más grandes y de más diámetro, aún así no llegan a desfogar el agua tal y como se quisiera.

Cierto día allá a principios de los años 80 unos compañeros ferroviarios y un servidor nos guarecimos de la lluvia en una tienda de abarrotes que estaba en contra esquina de la estación, precisamente en la prolongación de la avenida Allende y Jesús García, bajo la marquesina de esa tienda que atendía una señora ya mayor a la que se le conocía como, doña Emerita.

Al estar aguantando ahí la lluvia, doña Emerita nos dijo que si seguía lloviendo ya no podríamos cruzar hacia la estación porque se iba a inundar más, como siempre sucedía; y, mientras llovía, doña Emerita nos comentó que su papá había llegado a esta zona enfrente de la estación allá por los años 20 y que, lo que ahora es la calle Jesús García era lo que se conocía como el arroyo de Menchaca por donde bajaba y baja toda el agua que viene por lo que ahora es la calle 12 de Octubre dando vuelta por lo que ahora es la avenida Juárez y así llegar a la que ahora es Jesús García para descargar su caudal en el río que estaba al pasar las vías del ferrocarril.

Y, continuó comentado doña Emerita que recordaba desde niña cómo el agua sigue teniendo el mismo curso de siempre, porque el agua tiene memoria, dijo, y continuó diciendo que lo que ahora es la calle Morelos en la colonia Heriberto Casas antes era un arroyo que bajaba desde El Rodeo, arroyo que daba vuelta por donde ahora es la calle Trabajo y después dar vuelta por lo que ahora es calle Zapata para unirse con el agua que bajaba por lo que ahora es la avenida Juan Escutia e ir a descargar al río Mololoa, hacia el norte.

Sea pues. Vale.