Por Sergio Mejía Cano

En el primer tercio de la década de los años 60 del siglo pasado, en la mayoría de las casas en colonias populares, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, cierto día apareció bajo la puerta de entrada un libro de tamaño pequeño, aproximadamente de 10 por 15 centímetros, más o menos con la leyenda: Cuidado padres de familia, porque un demonio rojo acecha a tus hijos. Digo en la mayoría, porque al llegar al aula de sexto año de primaria, ese fue el tema que traíamos todos los alumnos.

Afortunadamente, la profesora, Maurilia, quien era ya una mujer mayor de edad, pues dos de sus nietos estaban en el mismo salón de clases, nos dijo que no nos asustáramos y que nuestros padres tampoco deberían de hacerlo, pues era falsa propaganda, pues a su casa también había llegado ese librito y ya lo había leído bien y que no era cierto lo que ahí se decía.
El tema de dicho libro era que de llegar el comunismo a nuestro país los hijos serían separados de sus padres para educarlos y adoctrinarlos en un sistema claramente en contra de nuestras creencias y costumbres.

Ya en la secundaria y, después de los juegos olímpicos en Tokio, Japón, en 1964, por alguna razón, en segundo año de secundaria volvió a surgir el tema de aquel librito que hablaba del demonio rojo, tal vez debido al desempeño de los atletas pertenecientes a la entonces Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS), así como del entonces también, Alemania Oriental, que habían destacado ganando varias medallas mostrando una gran disciplina en los deportes en los que habían participado.

Así que, la profesora que impartía la materia de español nos dijo a sus alumnos que, eso de que el gobierno de esos países les quitaba a los padres de familia a sus hijos no era precisamente tal y como se decía en ese libro, sino lo que se hacía es ver qué aptitudes tenía cada alumno, en el entendido de que todo ser humano nace con determinado don o aptitud para poder ejercer en su vida algún oficio o facilidad para entender determinados temas en los estudios, etcétera.

Añadió esta maestra que, así como alguien sale bueno para los estudios, otras personas saben abrir zanjas, pegar ladrillos, a los que les fascina la medicina, las leyes, las matemáticas, diseñar edificios; a quienes les encanta la física, la química, la antropología, la geología, la astronomía, la pedagogía, determinados deportes y un largo etcétera de oficios y profesiones para las que cada quien tiene sus respectivas aptitudes y actitudes. Y, que eso era precisamente lo que detectaban las autoridades de aquellos países rojos, para darle a cada infante el impulso necesario para lo que había nacido, por lo que se ponía énfasis encausándolos en lo que más les gustara estudiar y hacer; remachando su explicación con una frase atribuida a Confusio: Elige un trabajo que te guste, y no tendrás que trabajar un día de tu vida.

Infortunadamente en nuestro país no se aplica esto en ninguna forma en la mayoría de quienes aspiran a determinada profesión u oficio, pues cada quien estudia lo que puede o en lo que se puede y más, en esta oscura etapa neoliberal que afortunadamente ya pasó debido a las escasas oportunidades que se les dio a los estudiantes al cerrarles el ingreso a las facultades de su elección y gusto; pues está documentado que ya, desde los estudios de preparatoria se llegaron a negar espacios a miles de estudiantes, igualmente para los estudios superiores, sobre todo en las facultades de medicina, por lo que infinidad de personas que desde siempre habían tenido la ilusión de llegar a ser médicos y, al no poder ingresar una facultad exprofeso, entraban a estudiar otra carrera y, en caso de no poder hacerlo, pues ponerse a trabajar en otra cosa, aunque no fuera de su agrado.

Para nada que es puro romanticismo el decir que también haya personas que, a pesar de haber podido entrar a una universidad y tener un título profesional, ahora están trabajando en giros muy diferentes u opuestos a lo que estudiaron y se graduaron, pues se sabe de profesionistas que trabajan en puestos de tacos, de hamburguesas o que trabajan por su cuenta como fontaneros, electricistas, etcétera.

Claro que también se han detectado profesionistas que, después de un tiempo de estar trabajando para lo que estudiaron, resulta que no les gustó o no era lo que esperaban, los salarios no les satisfacen o no nacieron para esa profesión estudiada o en su ciudad no encuentran margen de acción adecuado y mejor se alejan para buscar otros trabajos.
Sea pues. Vale.