Por: José Ma. Narváez Ramírez.

Yo te quiero, Patria, porque eres la historia de mi sangre,

Porque eres la tierra de donde se han nutrido nuestras raíces,

Porque eres el aire y el agua que corre por nuestros cuerpos,

Por tus sierras, tus surcos, tus veredas, tus arroyos y tus ríos.

Único testigo eterno del honor y la realeza de nuestra raza de bronce,

De nuestra gloriosa Independencia, de nuestra lucha revolucionaria,

Que hoy llegan a cumplir sus doscientos, y cien años de vida.

Pero hoy no eres un solo haz y mi corazón te siente triste y desolado.

Tus hijos han sido despojados de ésa felicidad que tú les brindabas

En tus internos tesoros y extraordinarias externas riquezas.

Los ves padecer ante el conjunto admirable de tu gran hermosura

Hoy también devastada por el hacha del implacable talador del poder,

Succionado el oro negro de tus centros, por el cínico, traidor, repulsivo y ruin vende patrias disfrazado de héroe revolucionario.

No. Patria mía, no eres la misma. Eres una real historia rica en tradiciones y leyendas, hoy pisoteada por falsos patriotas, y tus hijos vuelven a sentir el fuego de las cadenas lacerantes y la llama candente de la desesperanza ante una crisis implacable.

No eres tú, Patria. Los culpables han sido los cuervos y aves de rapiña –aprovechados del fruto de la fuerza y el sudor del campesino, del sacrificio del obrero Sin olvidar a sus mujeres y a sus hijos todos han sido engañados, burlados en su honor y su esperanza, traicionados con juegos de palabras y lágrimas de glicerina-.

Te quiero, Patria, y comprendo la tremenda verdad de tu tristeza,

Entiendo lo que sufres cuando ves partir a tus hijos, llorándote a otras tierras; cuando no soportas que sufran hambre y vejaciones, cuando tú lo tienes todo y sólo es para unos cuantos tú beneficio; cuando te hieren estúpidamente a causa de sus terríficos errores, al explotar su savia negra, llenando de luto y muerte tu aire y tu suelo

No. No eres la misma, Patria mía,

Y nosotros también no somos ni volveremos a ser los mismos, estamos aturdidos, extrañados, quizá todavía impregnados de aquella dosis de droga demagógica, de palabra insulsa,

¡Pero somos tus hijos y tu sangre!

¡Somos parte de ti, Patria querida!

Y no ha osado extraño enemigo profanar con sus plantas tu suelo

Han sido, aunque malos, tus hijos, quienes han detenido tu vuelo, y por ello pagamos con creces, los errores atrás cometidos

¡Volveremos a dar con honores, a la brecha de luz, al camino de progreso y de paz que tus héroes nos marcaron luchando con brío!

¡Somos aún mexicanos y sentimos El Grito en nuestras venas!

¡Lograremos vencer, Patria mía, esta crisis que causa gran pena!

¡Cada cual con su fuerza y su aliento, pero unidos en un solo puño!

¡Lograremos vencer, Patria nuestra, a quien quiera volver a engañarte!

¡Que no usen tus Leyes para ocultar sus trapacerías!

¡Que no entonen tu Himno para acallar sus burlas!

¡Que no icen ni enarbolen tu Bandera,

Para explotar tú suelo!

¡No eres la misma, Patria mía! El pueblo te ha cambiado a través del fruto dantesco de su lucha de cientos de años, del sufrimiento atroz y de su apabullante grito de mil ecos, que clama justicia y sale de tu suelo para ensordecer al cielo enardeciendo tus explotadas tierras en manos de falsos redentores

No te engañan así, Patria querida, embaucan y burlan a tus hijos, a la sangre que de ti se nutre y a la vez alimenta tus raíces.

No. No eres la misma Patria mía. Tu gente te marca un nuevo derrotero

Con la fuerza del hambre que brota se sus escuálidas entrañas, debilitadas por el peso de amenazas cumplidas de explotación y muerte

No quiere tu pueblo más democracia. Tan sólo respeto para el voto. Clama justicia y pide castigo para aquellos que aprietan las cadenas con el loco poder esclavizante que ejercen los falsos funcionarios.

No eres la misa, Patria mía. Eres un ser herido que en sus centros retiembla con ecos al reclamo, cuando aquellos soldados son esclavos, cuando aquellos hermanos son tiranos, traidores e inhumanos

No permitas, por Dios, Patria querida,

Que siga tu fruto, el que trabaja (el que lleva tu savia, tu grandeza) siendo el blanco de negras felonías, siendo botín de grandes fechorías; escucha el dolor de su agonía, que lanza en ilusiones su derecho, que muere por vivir en la vehemencia de poder construir un nuevo lecho

¡No me importa morir, Patria querida, por oír ese grito del martirio y hacer de su protesta mi Bandera, ondeando orgullosamente fiera!

¡Que mi pluma en arma se convierta, aunque sirva de cruz en mi sepulcro!

Porque no eres la misma, Patria mía