Por: José Luís García
Alguien comentó que periodismo es una reflexión práctica o una teoría en movimiento, o tal vez, un sistema para ponerle nombre a la realidad, destriparla y observarla.
La sociedad se protege contra los que desean un día ejercer como abogados, ingenieros, arquitectos, médicos, etcétera, exigiendo a los interesados cursar estudios durante un cierto número de años para que obtengan un papelito enmarcable, en el que se da fe de que esa persona ha adquirido, teóricamente al menos, los conocimientos necesarios para ganar algún pleito, para que no se les caigan irremediablemente las casas, o para que no sufran indebidamente los enfermos.
La ciudadanía carece, en cambio, de las necesarias garantías contra el abuso o mal uso del oficio o profesión, -ambos términos me parecen correctos- de periodista, más allá, de lo que la protejan las disposiciones jurídicas vigentes.
Pero no ignoramos que en el caso de las profesiones anteriores, la práctica, el enmarañamiento con la realidad -si es que, el término realidad tiene algún significado- va a ser siempre decisiva para que el licenciado pueda considerarse abogado, médico, arquitecto o ingeniero. Pero, aún así, el precepto es algo tangible.
¿Qué ocurre, entonces, con el periodismo? El periodista no es un novelista, aunque, inevitablemente, sus materiales contienen un poderoso aliento de ficción, de creatividad activa sobre lo que percibe; el periodista no es un sociólogo, pero qué duda cabe de que en su trabajo habita una sociología práctica y cotidiana; el periodista no es un historiador, aunque de las hemerotecas los historiadores extraerán parte de la materia prima con la que trabajen; el periodista no es un político, ni tiene por qué ser un hombre público, pero su cercanía a los corredores del poder puede hacerle creer que así es.
El periodista puede entenderse, por tanto, como una suma de todo lo que no es: no es un novelista, no es un sociólogo, no es un historiador, no es un político; luego, la adición de todas esas imposibilidades o insuficiencias, conforma, de manera muy apropiada, aunque especialmente enigmática, lo que sí es. Lo que no acabamos de ser, de una manera múltiple, es lo que somos.
Por eso, periodista puede serlo cualquiera, lo que no significa que cualquiera pueda ser un buen periodista; y por esa razón hay que admitir que el único control de acceso a la profesión sea el interés del mercado conjuntamente con el de la sociedad: la aprobación del lector y la decisión del empresario, que otorgará la condición de periodista a quien se dé la oportunidad de serlo.
La objetividad, es un concepto que no es siempre aceptado por el autor de este texto, pero que utilizo como un cuchillo para dar opiniones subjetivas.
Si hay un periodista subjetivo (valga la redundancia), que cree que, en el extremo, la objetividad, significa entonces que todos los medios serán iguales, sin señas de identidad.
La objetividad es sólo una palabra, una invocación teórica, un santo y seña; pero que la objetividad no exista, no significa que no haya que trabajar con la honradez como punto de partida.
A ello quiere contribuir esta modesta opinión, en forma práctica a la vez reflexiva, que polemiza incluso con el propio concepto de periodista. Ya que para poder hablar con propiedad de la existencia de una profesión tienen que darse al menos dos condiciones: el establecimiento de un conjunto de intereses comunes entre los que la practican, y el desarrollo de un medio de comunicación honesto y verdadero para su ejercicio.
Como antes ya he dicho, el periodista puede serlo cualquiera, lo que no es equivalente a que cualquiera pueda ser un buen periodista. Así el periodista se define en negativo. Y como no es sino la suma de lo que no es, ya que no es novelista, sociólogo, historiador, escritor, político, economista, etcétera. Lo que no acabamos de ser: es lo que somos. Periodistas.
Pero ¿Existen garantías suficientes para los ciudadanos, más allá del ordenamiento legal general, de que los periodistas, tal y como han sido descritos, no van a abusar impunemente de sus poderes?
Pero, como si veo por adelantado todas las estúpidas perversiones de la verdad que estoy condicionado a seguir leyendo durante el resto de mi vida, sacudido cada mañana por furiosos actos de reprobación, amarillismo y seducción, abusando así de sus poderes.
El imperativo del beneficio económico ha reemplazado en los medios a las exigencias cívicas prioritarias.
En los debates sobre los medios, se concede una atención excesiva a los problemas técnicos, a las leyes del mercado, a la competencia, a las innovaciones y a las audiencias, y una atención insuficiente a los contenidos. Cuando los medios hablan de ellos mismos enmascaran los problemas de fondo con la forma; sustituyen la filosofía con la técnica. Se preguntan cómo editar, cómo montar o cómo imprimir y en cambio no cuestionan lo que quieren editar, montar o imprimir.
Las tecnologías punta han provocado una multiplicación de medios.
¿Cuáles son las consecuencias? La principal es el descubrimiento de que la información es una mercancía cuya venta y difusión puede proporcionar importantes beneficios. Antaño, el valor de la información iba asociado a diversos parámetros, en particular al de la verdad.
Hoy todo ha cambiado El precio de la información depende de la demanda, del interés que suscita. Lo que priva no solo es la venta, igual lo son los interés políticos y sociales.
Una información será juzgada sin valor si no consigue interesar a un amplio público.
Desde que está considerada como una mercancía, la información ha dejado de verse sometida a los criterios tradicionales de la verificación, la autenticidad y el error. Ahora se rige por las leyes del mercado. Esta evolución es la más significativa entre todas las que han afectado al mundo de la cultura.
¿Pero cómo entender el mundo? Hasta ahora se aprendía la historia gracias al saber que nos legaban nuestros ancestros, a lo que contenían los archivos y a lo que descubrían los historiadores. Hoy, la pequeña pantalla es la nueva (y prácticamente la única) fuente de la historia, destilando la versión concebida y desarrollada por la televisión
Vivimos un mundo paradójico. Por una parte se nos dice que el desarrollo de los medios de comunicación ha conseguido unir a todas las partes del planeta (la globalización); por la otra, la temática internacional ocupa cada vez menos espacio en los medios, ocultada por la información local, por los titulares sensacionalistas, los cabildeos o los personajes en turno y toda la información-mercancía.
Completar las reflexiones y los interrogantes, que muchos nos hacemos, sobre la pérdida frecuente del carácter tradicional de contrapoder del periodismo, es un desafío para El periodismo, difícilmente se enseña, pero sí se aprende. Y no necesariamente en una escuela o facultad. Es útil, pero en absoluto imprescindible que así sea.
Solo debemos tener siempre presente, que todos, desde el mas humilde hasta el mas encumbrado político e industrial, hacemos todos historia, y esa historia viva de la sociedad, del pueblo-raza, de la nación entera, es recogida día a día, por un buen periodista, esa es la meta, el objetivo final del presente trabajo, en su afán de servir a este noble y culto pueblo de Nayarit.