Por: Juan Fregoso

Aunque esta columna pretende tratar asuntos políticos, por hoy no escribiré sobre estos temas, que generalmente molestan a aquellos que detentan algún cargo público cuando se les señalan sus corruptelas. Por consiguiente, por esta vez, me voy a permitir dejarlos descansar, y por supuesto, oxigenar mi cerebro abordando otro asunto que a mi juicio merece especial atención, hablaré entonces de una cuestión que también interesa a todos los mexicanos, me refiero a los terremotos ocurridos últimamente en la ciudad de México.

Los sismos o temblores han ocurrido desde que la litosfera adquirió sus propiedades elásticas. Estos fenómenos han impresionado hondamente al hombre desde la más remota antigüedad, y en su afán de darles una explicación, imaginó que el continente flotaba sobre el mar, y si éste se agitaba en forma violenta, la tierra participaba de sus desordenados movimientos.

Algunos pensadores de la antigüedad llegaron a pensar que el viento, circulando por supuestas grietas o cavernas, en el interior de la Tierra hacía fuerte presión y originaba los temblores. Lucrecio, por ejemplo, en forma poética, señaló como causa sísmica el derrumbe de las bóvedas, en las grandes cavernas subterráneas. Y a principios del siglo I, Séneca escribió en su obra naturales cuestiones, lo siguiente: Dos son los géneros, como agrada a Posidonio, en los cuales se mueve la Tierra. El nombre es propio de cada uno de ellos; uno, temblor; es decir, cuando la Tierra se agita violentamente y se mueve de arriba abajo; otro, inclinándose, navegando hacia los lados a modo de bajel.

En el siglo XVIII se pensaba que el interior de la Tierra era fluido e incandescente, lo que sumado a la íntima localización geográfica de los fenómenos volcánicos con las áreas de gran sismicidad, hizo surgir la hipótesis de grandes explosiones a consecuencia de ciertas reacciones en el interior de la Tierra.

En la actualidad, en verdad, poco se ha adelantado a este respecto, ya que no se ha llegado a apreciar, de una manera clara y concreta, las causas y circunstancias provocadoras de la energía sísmica, debido a que se sustentan algunas ideas, que, aunque no riñen con la observación y los conocimientos recientes, no son del todo satisfactorias, y se consideran, más bien, como conceptos abstractos.
Se llama terremoto a una sacudida lenta o brusca del terreno, ocasionada por una gran energía llamada sísmica, generada en el interior de la litosfera o a mayor profundidad de ella. A la porción interna, con determinado volumen y forma, donde se forma la energía sísmica, se le lama foco o hipocentro, y la superficie terrestre que está encima del foco, más o menos extensa, se le da el nombre de epicentro o área epicentral donde tienen lugar las mayores manifestaciones del terremoto, y por tanto, su intensidad máxima.

Los temblores, en cuanto a su intensidad, se clasifican en: microsismos, o terremotos que el hombre no puede percibir, pero que son registrados por aparatos muy sensibles llamados sismógrafos, por lo que también se llaman terremotos instrumentales; macrosismos, que el hombre no puede percibir, o terremotos de gran violencia. Los focos sísmicos tienen una distribución geográfica muy interesante, por coincidir notablemente con la situación de las áreas volcánicas; su grado de sismicidad está de acuerdo con la inestabilidad de la región, según la frecuencia e intensidad de los terremotos.

Dado lo complejo de los fenómenos, los estudios sismológicos hasta ahora se han circunscrito a una investigación cuantitativa, es decir, se calculan cuál es la intensidad, la dirección, la distancia del foco y la profundidad del sismo, o sea, el lugar donde se generó la energía sísmica; valoran la energía gastada en el temblor; deducen las características físicas de las distintas formaciones geológicas, y cómo y por dónde se propaga la perturbación telúrica. Con todo, aún no se pueden especificar las causas y las condiciones concretas que ocasionan el movimiento, ni se puede medir con precisión ni expresar en lenguaje numérico las distintas direcciones y el desplazamiento del terreno durante el movimiento.
Como los terremotos ocasionan determinados efectos en los aparatos sísmicos, en las personas, en los objetos que nos rodean y en el relieve, se han formulado algunas escalas para determinar la intensidad de los terremotos en forma convencional, como las de Mercalli, de Rossi-Forel y de Cancani; las que en rigor, nos han parecido algo confusas y de aplicación poco práctica, a excepción de la propuesta por el estudioso en esta materia, Manuel Muñoz Lumbier.
Con las ligeras modificaciones que se ha permitido hacerle, los siete grados o categorías de esa escala, son los siguientes: Terremoto instrumental, que es registrado únicamente por los sismógrafos y sismoscopios. Aceleración: hasta de 2, 5 milímetros por segundo: Terremoto ligero, éste es sentido por las personas, se pueden sentir las vibraciones en las vidrieras, crujidos en superficies sólidas, hay un ligero movimiento pendular de los objetos suspendidos, y tiene una aceleración de hasta de10 mm por segundo: Terremoto mediano, en éste todas las personas se dan cuenta del suceso, es obvio que llama la atención. Los objetos suspendidos oscilan con amplitud apreciable. No hay alarma, su aceleración es de hasta 2,5 mm por segundo.
En el terremoto fuerte se nota inquietud en algunas personas, ya que los objetos suspendidos oscilan de manera muy notable. Las puertas y ventanas abiertas giran sobre sus bisagras. Los relojes de péndulo se paralizan. Se agita el agua en los depósitos y, cuando están llenos, se derrama. Este fenómeno tiene una aceleración de hasta 100 mm por segundo.
También existe el terremoto clasificado como muy fuerte, tanto que todas las personas manifiestan inquietud. Los cuadrúpedos detienen su marcha y abren sus extremidades para guardar el equilibrio. Generalmente, en este tipo de temblores, hay lesionados por la caída de objetos de fácil desprendimiento. Se producen desperfectos en los edificios y grietas en los muros; forzamiento en algunas puertas y ventanas y, por lo regular, se desprende el revoque de las paredes, como consecuencia de su aceleración de hasta 250 mm por segundo.

Hay otros dos terremotos que los sismólogos o expertos en la materia, clasifican como terremoto ruinoso y terremoto catastrófico. En el primero, siempre resultan lesionados y muertos, por lo que, evidentemente, el pánico cunde ante la destrucción de miles de casas, caídas de muros y techumbres. Grietas en el terreno y derrumbes en las montañas. Generalmente, con deslizamiento de tierras, a veces con vegetación, este movimiento telúrico alcanza hasta 500 mm por segundo.

Y, finalmente, tenemos el llamado terremoto catastrófico. En este hay infinidad de víctimas y destrucción de zonas habitadas. Los animales salen de sus madrigueras, en el terreno se forman amplias y profundas grietas. Las vías fluviales cambian de curso, hay grandes derrumbes en las montañas, mientras que en los litorales se forman maremotos, este fenómeno tiene una intensidad o aceleración de 5.000 mm por segundos, y aún más, sin pasar del valor de la gravedad, o sea, 9.810 mm por segundo.

Por tanto, si suponemos a la corteza terrestre constituida por una misma sustancia, con idénticas propiedades físicas en todas direcciones, lo que en Física se llama un medio isótropo, la energía sísmica provocada en el foco se propagaría, en ese caso, en forma de ondas elásticas, a manera de de esferas concéntricas. Por consiguiente, el fenómeno, al llegar a la superficie, es decir, al área epicentral, si fuera visible en la porción superior de la Tierra, aparecería como una protuberancia salida instantáneamente, o bien una depresión, seguida de círculos ondulatorios y concéntricos (ondas sísmicas superficiales), que se alejan del centro y pierden intensidad a cada instante. Pero cualquiera que sea el tipo de terremotos, es evidente que el hombre no es tan fuerte como aparenta, la naturaleza nos hace ver que somos tan frágiles como ya ha quedado demostrado en todo el mundo ante la presencia de esta clase de fenómenos, que sólo tienen una ventajala solidaridad humana.