Por José María Castañeda .-
El pasado miércoles acudí a una conocida agencia funeraria, donde en sus dos capillas eran velados los restos de dos grandes amigos que se adelantaron en ese viaje que no tiene retorno.
En una de las capillas se encontraba el cuerpo de mi amigo Octavio Santana, mientras que en la segunda eran velados los restos de Julio Hernández, quien en vida se distinguió por haber sido trabajador de la empresa Tabaco en Rama. Tras su jubilación, se dedicó a la venta de artículos deportivos, instalando su negocio en la calle Primera Corregidora.
Julio Hernández fue hermano del conocido lanzador de béisbol Ángel El Gordo Hernández, quien, como todo buen pelotero retirado, aprovechó la reunión entre amigos para compartir algunas de las anécdotas que vivió antes de lograr enfundarse en el uniforme de un equipo de la Liga Mexicana.
Entre los presentes se encontraban Raúl Palacios, El Zurdo Yanes, Ubaldo Chavarín, Leoncio Trejo, el propio Ángel Hernández y este servidor. Más tarde se unió al grupo el conocido Chito Estrada.
El Gordo Hernández recordó que llegar al béisbol profesional no fue tarea fácil. Durante sus años de juventud tuvo que trabajar cargando y descargando camiones de verduras, forrajes y pasturas.
—Fue una época muy difícil —recordó—; sin embargo, eso, lejos de desanimarnos, nos motivó todavía más.
Relató que Luciano El Cheneque Ortega fue quien inicialmente lo recomendó con un equipo. Sin embargo, por cuestiones personales, su recomendante no pudo acudir a la Liga Mexicana, por lo que Ángel Hernández se encontró solo, en medio de una gran cantidad de jóvenes novatos que, como él, buscaban una oportunidad en el béisbol profesional.
Durante 15 días permaneció hospedado en un cuarto por el que pagaba 30 pesos diarios, esperando pacientemente una oportunidad, hasta que finalmente el gerente lo llamó a su oficina para definir su futuro: se iba o se quedaba.
Fue entonces cuando conoció a Emilio Sosa, quien terminó por darle el espaldarazo. Hernández recordó, entre risas, que Sosa tenía un carácter bastante fuerte. Durante una de las pruebas decisivas le tocó lanzarle y, con una potente recta, terminó quebrándole el bate.
La reacción de Sosa fue inmediata y, utilizando su característico lenguaje, le reclamó que así le pagaba el haberlo recomendado. Al final, sin embargo, reconoció que Ángel también tenía que demostrar por qué estaba ahí y que merecía una oportunidad.
Con Andrés Mora, recordó, la historia fue diferente. Mora le decía que, por más empeño que pusiera, no lograba conectarle bien la pelota y le prometió que el día que consiguiera pegarle su primer jonrón le regalaría el bate. Promesa que, según relató Hernández, cumplió años después.
Ángel El Gordo Hernández llegó a convertirse en un extraordinario pitcher, jugando durante el verano con Tampico y en invierno con Guaymas.
Al preguntarle por qué nunca jugó con los Tabaqueros de Santiago, respondió, fiel a su estilo, que Manuel Robles pretendía pagarle muy poco con el argumento de que, por ser originario de Santiago, la afición prefería ver jugadores provenientes de otros lugares.
Ante aquella situación, Hernández decidió quitarse el uniforme y trasladarse a las gradas para presenciar el encuentro como un aficionado más y no como pelotero.
Algo parecido, recordó el grupo, le ocurrió a Manuel El Caballo Parra, quien después de tener una magnífica temporada solicitó un aumento de sueldo a don Manuel Robles, argumentando que estaba bateando mejor que Orestes Miñoso.
La respuesta de don Manuel fue que Miñoso era negro, comentario que provocó que Raúl Palacios bromeara con
El Caballo Parra:
—Para la otra, Manuel, te pintas aunque sea con carbón.
Así, entre la tristeza por la despedida de dos amigos y las risas provocadas por aquellas historias de otros tiempos, transcurrió aquel miércoles en la capilla de velación. Fueron horas de recuerdos, anécdotas y vivencias de una época inolvidable del béisbol.
La amena charla terminó de manera inesperada cuando alguien llegó para avisarme que tenía que mover mi camioneta porque estaba obstruyendo el flujo vehicular. Y así concluyó una tarde en la que, aun en medio del dolor de una despedida, los recuerdos hicieron revivir grandes momentos y personajes del béisbol de Santiago.